Mostrando entradas con la etiqueta falta Cristo en tu vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta falta Cristo en tu vida. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de mayo de 2011

Algo había Cambiado

Cuando yo estaba en el instituto no tenía problemas existenciales. Era parte del medio y así estaba bien. Las fiestas, el deporte, el reconocimiento académico con el gusto por el estudio, las expectativas universitarias, la popularidad y mi estupenda familia bastaban. Estaba satisfecho con todo y aunque también había insatisfacciones, eran puntuales y superables. Al graduarme acudí voluntariamente a una reunión del evangelio donde después de escuchar sobre Dios, el hombre, la necesidad que el hombre tiene de Dios, Cristo, la salvación, la oración y el mundo, creí y recibí a Cristo como mi Salvación, mi Señor y mi Salvador. Luego me fui a la universidad.
En esa etapa no perseveré en el camino del Señor. De hecho ni siquiera  sabía qué había ocurrido exactamente durante aquella oración mía, en aquella reunión del evangelio algunos años atrás. Casi había olvidado el hecho mismo. En esa época, pensaba que aquella oración personal a Cristo, llamándole Señor, pidiéndole que me perdonara mis pecados y entrara en mí, había sido un evento aislado sin importancia ni trascendencia, con valor sólo de recuerdo y anecdótico.
Durante más de cinco años me vi involucrado en divertimentos y entretenimientos, estudios, vida disipada, presiones escolares, curiosidad bibliográfica, actividades mundanas varias, aspiraciones académicas y laborales, varios sueños y ambiciones. Yo había edificado mi vida sobre tres pilares: Mi familia, una relación de pareja estable, y mis logros académicos que me permitían un buen desempeño laboral.
Todo pareció ir bien por un tiempo, sin embargo, no podía desconocer que había algo bajo la superficie que no estaba tan bien. Todos pensaban que mi vida era buena, y lo era, así que ¿qué estaba pasando? Mi familia, aunque muy buena, cariñosa y gran apoyo para mí, comenzó a no parecerme suficiente; mi relación desapareció de pronto sin esperarlo; y mis conocimientos y habilidades no me servían para encontrar soluciones y respuestas. Quedar con los amigos ya no era tan divertido (2Co 6:14). Todo era aburrido; todo se había secado; todo era trivial, un sinsentido y vacío. Ya nada tenía el frescor de antes. Me hallaba sin anhelos.
No sabía entonces que antes de recibir al Señor, era sólo yo; después de recibir al Señor, era el Señor en mí (1Co 3:16; Ga 2:20). Lo que era suficiente para mí, para Cristo no lo era. Lo que para mí era bueno, no lo era para el Señor. Antes, mis emociones, vivencias y experiencias sólo dependían de mí y mi entorno; luego ya no era así, pues ya yo era uno con Cristo (1Co 6:17) aunque temporalmente lo desconocía. Algo había cambiado en mí aunque nadie alrededor lo sabía.

Nacido de Nuevo

Después de graduarme del instituto, estaba por comenzar una buena carrera en la universidad. Mi salud era excelente, mi familia estaba complacido con mi desempeño académico y tenía muchos amigos. Sin embargo, había algo indefinido que me faltaba. La  carrera que estaba por comenzar no era exactamente la que yo quería, mis noches de música y baile ya no eran tan buenas y la valoración de mis colegas ya no era tan importante. En general yo sentía una insatisfacción interna que no tenía base ni explicación racional. Reflexioné sobre el asunto con la misma disciplina metódica con que enfrentaba los exámenes y concluí que la solución era mejorar mi vida social; elevar la velocidad de mis actividades y mantenerme ocupado más tiempo. Comencé con ropa nueva, fiestas, popularidad y evitar estar solo. No funcionó.
Ese verano acudí a una reunión cristiana cerca de casa donde escuché la Palabra de Dios por primera vez, con curiosidad y un poco de escepticismo. Hablaron de Dios, Cristo, la oración, el pecado, el mundo y la salvación disponible. Yo oré al Señor al final de la reunión siguiendo la sugerencia del orador. Esta oración fue guida por otro, pero era mía. Acepté al Señor Jesús como mi salvador personal y mi Señor, y le pedí que perdonara mis pecados y entrara en mí. Al salir, sin sentir trompetas ni música, no tenía idea de lo que había pasado -nadie me lo explicó- y regresé a mi “normalidad”. En el momento también creí que nada había sido resuelto en cuanto a mis dificultades.
En todo mi tiempo de universitario yo creí que en aquella mañana del verano del 93 no había ocurrido nada. Sin embargo esa mañana yo escuché, creí, oré y nací de nuevo (Jn 3:1-10). Ese hecho lo cambiaría todo.